domingo, 13 de julio de 2014

Luna



Sin más huellas que las del ayer, miraba, en vano, tras de sí. 
Nadie le seguía porque nadie más resistió. Cuando el último estruendo llegó, algo más fuerte que el sol rasgó el aire del presente hasta quedar todo en calma, vacío, muerto. Sin saberlo, la nada fue su visado sobre tierras baldías donde los ecos del tiempo no pudieron avanzar. Las últimas gotas de agua de sus ojos cayeron, en silencio, con dolor, renaciendo en el miedo, en la soledad absoluta, por encima de retazos rotos de lo que poco antes fueron los suyos. Tembloroso, el pequeño, con su despedazado peluche, cruzó el camino , abultado por las piedras y el desconcierto. Nada se oía, si acaso un lejano y fino zumbido que atormentaba el alma. 
Allí, en el reino del silencio, de los mudos cantos de la agonía, de la quietud, la lejanía y el recuerdo, el niño vagaba desorientado, confinado al abandono, sobre las ruinas de la devastación, aislado e indefenso. Mientras, en otros lugares no tan remotos del planeta, muchos alzaban la vista, embrujados y deseosos de admirar una luna que quiso acercarse, sin más ansiedades ni desvelos, viviendo sus tranquilas vidas, lejos del horror de la guerra que no acaba. 
La luna que vimos se tiñó de sangre, salpicada por todo aquello que sucede, por suerte, lejos de aquí. No sabemos, en realidad, 
lo afortunados que somos.

sábado, 21 de junio de 2014

Num Num



Hace escasos días encontré, apenas sin poder moverse, un pequeño gorrión sobre el suelo, mientras mi perra y yo paseábamos por un parque cercano a mi casa. Era tan diminuto que al verlo, lo primero que pensé fue que se trababa de una hoja movida por la brisa nocturna, mecida por aquel aire fresco que en aquellas horas se agradecía. Cuando pude fijarme bien y la luz me ayudó a identificarlo, reconocí unos pequeños y tímidos pasos que trataban de dar cobijo al minúsculo ser que, envuelto en miedo, trataba de evadirse. Yo no era capaz de dejarlo allí, abandonándolo a su suerte. Imaginé que de algún nido habría caído y, sin saber volar ni defenderse, no habría pasado de aquella noche si yo hubiese pasado de largo. Por tanto, con sumo cuidado lo recogí, llevándolo a mi casa para sacarlo adelante.
Al cabo de dos días, Num Num, como decidí bautizarle, perdió aquel lógico miedo a lo desconocido y nos hicimos muy amigos. Sin reparos de ninguna clase, comía en mi mano, cada tres o cuatro horas, y hasta se dormía en ella. Jamás pude llegar a pensar que un alado tan insignificante de tamaño, tuviera un alma tan grande. En sus ojos, esquivos en un principio pero sinceros y serenos con el trato, comprobé un agradecimiento muy superior al que muchos humanos pueden expresar. En ellos vi nobleza, confianza, amistad; una razón añadida para valorar, querer y respetar aún más a los animales. 
No obstante, comprendí que Num Num no podía quedarse conmigo. Con mi gato y mi perra, la convivencia se habría tornado complicada, al margen de la privación de libertad de un gorrión, cuyo mundo es el exterior. Pero no soy persona sin corazón y bajo ningún concepto le habría abandonado, por lo que esta misma mañana nos fuimos a Brinzal, un centro de recuperación de aves de Madrid que conocí años atrás. Allí le cuidarán, le juntarán con sus iguales y crecerá, hasta que un día pueda volar libre y buscar la felicidad que a todo ser corresponde. 
Parece mentira pero, y esto es cierto, se nota la ausencia de Num Num en casa. Le recuerdo, siempre con una sonrisa, y aunque no volveré a verle, quiero imaginar que un día perdido en el calendario, por fin volará alto y, quien sabe si entonces, vendrá a visitarme a mi ventana.
Déjate cuidar Num Num. Gracias por mostrarme la grandeza de las aves. 
Y ante todo, se feliz.

domingo, 15 de junio de 2014

Sueños



Encontrarse un asiento de los amplios en plena calle, o presenciar el nacimiento de la madrugada sobre los tejados, ofrece la misma magia que cualquier noche sacudiéndose de encima las estrellas. No es usual, en absoluto, pasear con cierta calma entre enseres abandonados en plena vía, o contar esparcidos luceros, prendidos entre las ramas de cualquier arboleda. La esencia de la imaginación tiene las patas muy largas, pudiendo llegar con ellas hasta ese mundo al que, cada vez con más frecuencia, conviene escapar. Los sueños no cuestan nada, son asequibles para cualquiera, menos mal. Un día nace y acaba, y mientras comienza el declive del ocaso, más de uno se arroja al único vacío donde nadie rinde cuentas, salvo a sí mismo.